Refranes inventados y sus falsas historias; Hasta el águila más obsesiva, libera un día su presa. Por Jorge Laplume

Mucho se ha dicho que los refranes son como filosofía en píldoras. Pequeños extractos de sabiduría, de mentes geniales, que nos regalan a modo de dones, pensamientos para una vida mejor.

Tal es el caso de los hombres del Himalaya, ¿quien puede dudarlo? ¿no? Gente que, acostumbrada  a la meditación profunda, a su estar consigo mismos todo el santo tiempo del mundo, no se han contaminado por las luces del mercantilismo del mundo moderno.

Ellos, con un autoconocimiento único del ser, pueden ver en una piedra la fuerza de la naturaleza, en el arrullo de un río, la sangre de la vida, y en el canto de un ruiseñor, música del alma.

Pero también es real que más allá de esta serie de imágenes que suenan a bucólicas y románticas y que se me acaban de ocurrir, en Nepal seguramente también deben sufrir como todos los humanos sufrimos. Imagino que ellos maldicen cuando esa piedra se les cae y les lastima un pie, o si el agua del río que arrulla está demasiado fría, o si los benditos ruiseñores con sus cantos no los dejan dormir en paz.

Es por eso que los valoramos más: son gente más o menos como nosotros, pero sin celulares y, evidentemente, con mucho tiempo libre.

Rescatamos, eso si, el valor de sus pensamientos, redactados en papiros legendarios, que a modo de sus propias tablas de la ley, y producto de cientos de experiencias de todo tipo, les hemos arrebatado para nuestro fin.

Ningún mortal de esta parte del mundo dudaría sobre sus disquisiciones.

Al contrario…hasta dan ganas de decir: “¡Qué lo parió! ¡si ellos lo dicen, así debe ser!”

Tal es el caso del refrán que, cientos de veces hemos escuchado sin conocer su origen. ¿Lo usamos de manera correcta? Ya lo veremos.

Atulapek. ¿Les suena? Exacto! El monje tirano del Everest. A él se le atribuye el refrán de hoy, sugerencia de Mely Larrea.

Atulapek tenía una sola actividad además de la meditación: la cría de águilas pechito morado y pico rojo. Éstos, tan particulares carnívoros con alas como pocos, no eran fáciles de domesticar. Atulapek, que era vegetariano, solía pasarse sus horas libres educando a siete ejemplares de esta extraña especie. Los animales, cuyos nombres respondían exacto a  los días de la semana en idioma local, -Yemú, Atrodí, Felengé, Guesiro, Huestok, Demerio y Uj- un día cada uno, también recibía una constante golpiza, mañana tarde y noche, para que, después de que le diera su ración de carne, la escupiera. No podrían tragarla.

Atulapek insistía que una voz divina le había encargado aquella única misión en la vida. Les pegaba para que dejaran de comer carne y eso lo llevaba a ejercer un rito violento.

Un día, ningún pechito morado obsesivo comerá más nada que sangre tenga, solía decir. Y ahí mismo les blandía un sopapo violento.

Luego, si, les ofrecía solo sopa de perpepulia, un fruto amarillento que crecía entre los hongos del lugar.

Su poder alucinógeno dejaba a las águilas media tontas. Entonces las pobres comían frutas y hortalizas sin problemas.

Algunos de los otros monjes seguían cuestionándolo seriamente e incluso llegaron a denunciarlo ante organismos aguileros por el uso de esta metodología. Y sobre todo veían como algo contradictorio su conducta: “¿cómo es posible, Atu, que por un lado medites y medites y al instante castigues a estos bellos seres vivos?” le preguntaban.

Él los miraba con desidia y solo les decía: “es cierto que medito…me la paso pensando horas y horas…días y días pensando…pero ninguno de ustedes sabe lo que pienso…si supieran…ja…si supieran…”

“Pero…¿es que acaso mi meditación no vale?” Reafirmaba él mientras amenazaba a cuanto tenía cerca, blandiendo una rama de fresno a modo de látigo.

(Era por semejante y sincero pensamiento que recibió entonces el mote de monje tirano.)

Pero -siempre hay un pero en la historia de los refranes inventados- Guesiro, (el águila jueves) se sacó mal. Guesiro ya no quería más frutas ni sopa de perpepulia, ni nada que se le parezca. Se hartó de la verdurita y lo encaró directo a Atulapek con ganas como nunca, haciéndose agua el pico rojo.

La diferencia de tamaño no fue obstáculo: El ave, con el apoyo logístico de todos los otros días de la semana, lo aferró entre sus garras, lo levantó por los aires con un par de aleteos y salió surcando los cielos azules del monte más alto del planeta.

Dicen que un sherpa lo reconoció, al verlo pasar por sobre los techos de Shigastse, la segunda ciudad más grande de la zona sur, colgado de un ave tan obsesionado como consciente de su actitud. Confiesa que le escuchó decir a Atulapek, a los gritos y desesperado, su famosa -y optimista- frase: Hasta el águila más obsesiva, libera un día su presa.

Nunca nadie más supo de él.

Nota de la redacción: cabe aclarar algo importantísimo: este refrán está aún a consideración de los estudiosos del Círculo Internacional de Refranes Nepaleses,  no pudiendo aseverar su legitimidad…Es que, al día de hoy, y hasta que algún indicio de la aparición de Atulapek surja, nos animamos a decir que no, que los águilas obsesivos no liberarían a su presa ni borrachos.

 

 

Espero les haya gustado.

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Pasen y revuelvan. Es gratis….

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