La noche y el día de los perros.

Hoy, en vez de una sola frase, voy a destripar dos expresiones populares que tienen que ver con los perros. Normalmente, cuando hace un mal día o una mala noche, decimos que hace un día de perros o una noche de perros. Podría pensarse que ambas frases son la misma adaptada a la hora del día al que nos referimos. Pero no, cada una tiene un origen diferente.

Hace un día de perros

Esta expresión está ligada, casi siempre, a la meteorología. Así, decimos que hace un día de perros cuando llueve y hace mucho frío. Sin embargo, el origen de esta frase hecha viene del calor.

Para conocer a las primeras personas que se referían así a los días muy calurosos tenemos que remontarnos muchos siglos atrás, hasta el momento en el que los hombres se regían por las estrellas para calcular los días y las horas. Estamos hablando de una época en la que los calendarios se establecían a través de las constelaciones que eran bautizadas con nombres de objetos o animales a los que se parecían. Así, una de las constelaciones que marcaban el inicio del calor era la Canis Maior. Las altas temperaturas que se alcanzaban cuando esta constelación era visible fueron bautizadas como canícula, término que todavía se utiliza, pero la gente más sencilla hizo popular el calificativo de día del perro. De esta manera, los días del perro eran aquellos en los que no se podía aguantar el calor, siendo unas jornadas realmente desagradables. Se desconoce el momento en el que se pasó de llamar así a los días calurosos para pasar a denominar a los días de frío y lluvia aunque, seguramente, el motivo tiene mucho que ver con la segunda frase de hoy.

Hace una noche de perros

Y si el día de perros hacía alusión a los días de altas temperaturas, la noche de perros se refiere a todo lo contrario. Para conocer el origen de esta expresión nos tenemos que ir hasta las cavernas, hasta esa época en la que los hombres dormían al aire libre. Concretamente, nos tenemos que trasladar hasta el momento en el que los primeros lobos del paleolítico comienzan a acercarse a las hogueras de los hombres para calentarse. Fue este acto un intercambio de intereses mutuo. Por un lado, los lobos adquirían el privilegio de poder dormir cerca de esas fogatas calentando, así, su piel. Por el otro, los hombres aprovechaban el calor que los animales cogían para arrimarse a ellos y dormir más calentitos.

Pero esta práctica que parece de los hombres de Atapuerca se sigue utilizando a día de hoy. Así, la gente que duerme en la calle y que a penas sí cuenta con medios para subsistir tiene, casi siempre, un perro que, aunque consume parte de sus recursos, les calienta en las frías noches de asfalto.

Al igual que a los días de canícula se les llamó coloquialmente días de perros, a las noches de mucho frío se les llama noche de perros. Dos expresiones parecidas pero con diferente origen.

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